Origen de la Caja Fuerte
Curiosamente, en el antiguo Egipto, donde durante algún tiempo no se castigó el robo por ser considerados sus practicantes unos profesionales como cualquiera otros. El tesoro familiar formado por vestidos y joyas se guardaba en robustos cofres de madera que se enterraban en lugar seguro.
Según cuentan los historiadores, en Esparta, en el medio social de la Grecia del siglo V a.C. ser ladrón era oficio honorable: solo se deshonraba a quien se dejaba sorprender con las manos en la masa.
Esto era así, ya que no mostraba ser digno de respeto quien en el desempeño de su labor cometía torpezas, estado de cosas que hace comprensible que urgiera rodearse de medidas de seguridad.
En cuanto a la Antigua Grecia, Diodoro de Sicilia (90 a.C – 30 a.C), historiador griego del siglo I a.C. cuenta en su Biblioteca histórica que el robo estaba tan bien organizado en la Grecia clásica que incluso cada ladrón tenía un jefe a quien entregaba lo robado.
Entre cuyos cometidos estaba el de contactar con el dueño de lo sustraído y ofrecerle la posibilidad de rescatar su posesión y recuperar lo robado por un módico precio.
Cuenta Homero que existía en su tiempo cofres de madera reforzada. Quien no tenía una de estas primitivas cajas fuertes recurría a los servicios del templo, donde junto a la cámara reservada al tesoro de los dioses se custodiaban bienes de ciudadanos privados previo pago.
La caja fuerte más antigua de que hay noticia es de hace 2.700 años. Perteneció a Cipselus, tirano de Corinto: un arcón de cedro con incrustaciones de oro y marfil tan valioso que se lo llevaron los ladrones y no apareció jamás.
En la antigua Roma la caja fuerte era de hierro, provista de fuerte candado, y se ubicaba a la entrada de la casa, a la vista de todos, vigilada por un esclavo cuyo cometido era protegerla día y noche: el arcarius.